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Noticias Uniandinas

Cuatro siglos de aventuras y victorias

Amalia Iriarte Núñez
Profesora asociada Departamento de Humanidades y Literatura
airiarte@uniandes.edu.co

Ora por nosotros, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yelmo de ilusión;
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.
Rubén Darío

Transcurridos 400 años desde la aparición de la primera parte del Quijote, volvemos a preguntarnos por qué tenemos en tal alta estima la novela de Cervantes, y por qué nuestro aprecio por ella es hoy creciente. En otras palabras, por qué la estamos celebrando.

La pregunta tiene la misma edad de la novela. En efecto, ya en el capítulo III de la segunda parte, publicada diez años después de la primera, el bachiller Sansón Carrasco responde a nuestra pregunta, al dar noticia del éxito de la primera parte:

(…) el día de hoy están impresos más de doce mil libros de la tal historia; si no, dígalo Portugal, Barcelona y Valencia, donde se han impreso; y aun hay fama que se está imprimiendo en Amberes, y a mí se me trasluce que no ha de haber nación ni lengua donde no se traduzca (Quijote II, 3).

De ahí en adelante, los estudiosos que se han ocupado del Quijote señalan, destacan y explican una u otra de sus virtudes. El énfasis ha sido, naturalmente, muy cambiante, muy variable; incluso se han subrayado excelencias que resultan contradictorias, o que se exaltaron ayer y hoy se niegan. Por ejemplo, uno de los primeros lectores de la segunda parte, como lo fue el maestro Josef de Valdivieso, quien firma la aprobación del 17 de marzo de 1615 para la edición del libro cervantino, destaca una virtud del texto que ya ni reconocemos como tal, ni aceptaríamos como una pretensión de la novela: “el acertado asunto en que pretende la expulsión de los libros de caballerías”.

Desde la edición académica de 1780 no se ha dejado de considerar la aparición del Quijote como un acontecimiento que partió en dos la historia de la lengua castellana y de su literatura. Hoy tenemos que añadir: de la literatura occidental. Lo que más destacó la Real Academia Española de entonces fue el valor lingüístico de esta obra, por lo cual le otorgó la dignidad de modelo en el uso del castellano, que efectivamente en el Quijote ostenta toda su inmensa riqueza y extraordinaria flexibilidad.

El siglo XX, por su parte, ha identificado a Cervantes como el creador del héroe moderno, del personaje en conflicto con su mundo, de la figura enigmática e inacabada, dinámica y ambigua. Y desde una perspectiva estrictamente literaria, ha encontrado en el Quijote una forma de narrar una historia, que funda la novela tal como se la concibe en la actualidad. Este complejísimo y siempre cambiante modo de contar los hechos, con el que hoy nos identificamos plenamente, será para el novelista, desde Henry Fielding (1707-1754) y Lawrence Sterne (1713-1768), un punto de referencia al que siempre vuelve los ojos.

Cervantes es, además, un pionero del uso del metalenguaje, en cuanto hace del código -la lengua literaria- el objeto de su mensaje, un tema de la novela. En efecto, convierte el quehacer del novelista, y la reflexión sobre su oficio, en uno de los asuntos de su relato. Así, al leer el Quijote asistimos no sólo a las aventuras del caballero y su escudero, sino a las de Cervantes, desdoblado en un autor, Cide Hamete Benengeli, un editor y un traductor, que intervienen constantemente para hablar de sus labores, para comentar, criticar y hasta para rectificarse, corregirse y desautorizarse mutuamente.

Don Miguel sabe muy bien que está haciendo algo sin antecedentes y desde el ‘prólogo’ de la primera parte, hace gala de ello. Tiene, pues, conciencia de sus innovaciones, de que está abriendo caminos y confiesa -y esto es lo más audaz en su momento- no saber a qué autoridades sigue en su obra y añade ser perezoso “de andarme buscando autores que digan lo que yo me sé decir sin ellos.”

Entiende que para esa manera de abordar el mundo, para los personajes a los que ha dado vida y para narrar el azaroso transcurso de sus existencias no hay modelos ni preceptos que seguir; que necesariamente ha de apartarse de los géneros canónicos; que obligatoriamente ha de internarse en ámbitos de experimentación, de búsqueda; que no sabe a dónde lo llevarán sus caminos, porque son como los de los Campos de Montiel: allí cualquier cosa puede pasar, incluso que los gigantes se vuelvan molinos de viento.

Un héroe que “es un entreverado loco, lleno de lúcidos intervalos” (Quijote, II, 18); que convierte bacías de barbero en yelmos de oro; que altera hasta el desconcierto la rutina de su restringido ámbito aldeano; que enfrenta leones de carne y hueso; que en medio de chascos y decepciones efectivamente logra resucitar la ya muerta orden de la caballería andante y poner en práctica su proyecto, pero que también reconoce que el cruel moro que ha descabezado no es más que precario títere; que sin demasiado asombro se entera de que se han escrito, no uno sino dos, libros que dan noticia de sus aventuras, ese no es el héroe que pueda plasmarse ni con el verso heroico de la épica, ni con la perspectiva unívoca, relativamente simple y llana de la novela en boga. El mundo que nos propone Cervantes en el Quijote es, pues, de tal índole, que ni su autor ni sus personajes pueden adaptarse a viejos moldes.

Sin embargo, todo lo anteriormente señalado puede verse como un tejido en el que se vislumbra algo que va más allá de él mismo, algo que a los lectores se nos muestra y se nos escapa, que nos atrae pero nos desborda, como les sucede a tantos personajes de la novela. Y es que Don Quijote y Sancho proponen una forma de vida que es una elección libre, abierta e impredecible, un proyecto vital que contraviene la norma de lo que debe ser, que se estrella contra toda predeterminación.

En otras palabras, ni Don Quijote se comporta como se debe comportar un hidalgo de aldea, ni Sancho como un rústico labriego. Burlando los caminos vitales que les estaban prefijados, ellos eligen cómo van a vivir su vida. Y la elección viene de la literatura, del mundo imaginario más intenso, de la ficción más radical de las letras del momento: los tan vilipendiados libros de caballería, en los que puede pasar cualquier cosa; donde magas, gigantes y encantadores hacen y deshacen a su antojo, a favor o en contra de los nobles ideales de aquellos que han elegido defender a los desvalidos, luchar por el honor y la fama, por el amor, por la justicia. Convencido de que el proyecto del caballero andante es necesario en esta edad de hierro, Don Quijote hace la defensa más efectiva y profunda que pueda hacerse de la literatura y la imaginación como forma de vida:

(…) lea estos libros y verá cómo le destierran la melancolía que tuviere, y le mejoran la condición, si acaso la tiene mala. De mí sé decir que después que soy caballero andante soy valiente, comedido, liberal, biencriado, generoso, cortés, atrevido, blando. Paciente, sufridor de trabajos, de prisiones, de encantos (Quijote I, 50).

Finalmente, y contrariando a quienes redujeron la novela de Cervantes a la historia de un loco que se estrella contra molinos de viento, de un chiflado que imagina grandes empresas y fracasa, caballero y escudero sacan triunfalmente su empresa adelante. Como lo expone Sancho a su esposa al final de la primera parte, “no hay cosa más gustosa en el mundo” que ser buscador de aventuras, así “las más que se hallan no salen tan a gusto”. Caballero y escudero sufren derrotas y desengaños, palizas, hambre y sed; humillaciones y vejámenes, pero el proyecto sale victorioso. Don Quijote y Sancho se hicieron, efectivamente, personajes de libros de caballería; obligaron a quienes encontraron a su alrededor a vivir, hablar, vestir e incluso combatir como si estuvieran inmersos dentro de uno de esos libros. Y a la manera de Amadís de Gaula y toda su estirpe, lograron que un sabio escribiera su historia.

Son victoriosos por eso, pero, ante todo, porque sí asumieron plenamente el riesgo que implica no ser lo que la sangre, la familia y la tradición habían decidido para ellos; porque no se conformaron con la paz de la aldea ni con el mundo que los rodeaba y decidieron transformarlo, mejorarlo y ennoblecerlo. En ese sentido Don Quijote y Sancho son paradigmas de lo más intensamente humano, como lo son aquellos que asumen la vida con el ánimo de quien recibe una porción de arcilla que hay que -por libre elección- elaborar, moldear y volver a manipular, y, además, con las miras puestas en las cumbres de lo quimérico, no en las laderas de lo posible.


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Actualización: Octubre 10, 2005 © Copyright 2005 Universidad de los Andes - Colombia Responsable: Webmaster
 

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