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Noticias Uniandinas

El editor y la amistad

Carlos B. Gutiérrez
Profesor Departamento de Filosofía
cgutierr@uniandes.edu.co

En la presentación de La crítica de la razón pura, metalenguaje de la ciencia

Entiendo el trabajo de edición que me ha correspondido como testimonio de amistad. En esta materia muy poco nos ayuda Kant quien abordó el fenómeno de la amistad en rígidos términos luteranos de deber hasta el punto de sostener que moralmente es mucho mejor dejar que maten a un amigo a decir una mentira menor para salvarle la vida. Responder que el amigo no está, a pesar de que sí esté, a un asesino que nos pregunta si nuestro amigo a quien él persigue para matar se encuentra refugiado en nuestra casa, es para Kant un crimen moral de lesa humanidad, por más piadosa inspiración que tenga, ya que decir la verdad es un deber y la noción de deber es inseparable de la noción de derecho; por lo tanto si desaparece ese deber de decir la verdad, así sea en aras de noble filantropía, caen junto con la moral el orden jurídico y el orden social al perder los contratos su razón de ser en la verdad de lo prometido. La veracidad de lo que uno dice, según nuestro filósofo en el ensayo Sobre un supuesto derecho a mentir por amor a la humanidad, es un principio jurídico-moral a priori y apodíctico que no puede conocer excepción, ya que la más mínima excepción acabaría con la universalidad que es la única base racional de todo principio moral. Así es Kant. De resto en sus Lecciones de Antropología en sentido pragmático él le dedica a la amistad una sola página que contiene eso sí la perla de una verdad que siempre dará mucho que pensar, cual es la de que “Un amigo verdadero es tan raro como un cisne negro”. Schopenhauer, apóstol malgeniado del egoísmo, sostuvo, emulando con Kant, que “la verdadera amistad forma parte de aquellas cosas de las cuales, como de las colosales serpientes marinas, uno no sabe si son de fábula o si realmente existen”.

El escepticismo con el que el pensamiento moderno aborda la amistad se sigue del fuertísimo individualismo que marca a nuestra época. Desde el inicio de la modernidad insiste Descartes en que la única certeza inconclusa que podemos alcanzar se da en la introspección del pensamiento; el sujeto, en otras palabras, sólo puede estar cabalmente cierto de sí mismo y de nada ni nadie más. Recelamos por eso de toda pertenencia como reliquia innecesaria que lastra la carrera de cada quien hacia el progreso y tendemos a rechazar todo vínculo como interferencia del libre despliegue ya no de la propia personalidad sino del propio autismo. Sólo estamos dispuestos a aceptar la vincularidad de generalizaciones abstractas de carácter lógico o matemático. Cada vez resulta más difícil abrirnos a la maravillosa certidumbre de que compartir con otros nos hace más, y de que todo lo que cuenta en la vida es así, siempre más, mucho más que un montón de unos espléndidamente aislados. Como la razón que sólo es lo que es si es de todos. Como el lenguaje, la casa en que nacimos, que muchos han construido a través del tiempo y siguen construyendo para que los que vienen también tengan raíces. Como el amor que pródigamente siempre nos desborda. Como la historia a la que pertenecemos no por lo que individualmente sepamos de ella sino porque ella efectivamente determina nuestra vida y nuestro ser sin que sepamos precisamente cómo. Para no hablar de la identidad personal que, como entre tanto se sabe, es una construcción social y cultural y no el logro del esfuerzo solipsista, que aunque busque ser excéntrico justamente para serlo siempre va a necesitar del reconocimiento de los demás.

La amistad es solidaridad real que nos transforma hacia lo común y nos va envolviendo en la poderosa corriente de las afinidades en medio de la cual comenzamos por fin a ser y a conocernos nosotros mismos. Aristóteles para resaltar semejante significación de la amistad llegó a verla como el camino por el cual el hombre se va asemejando a los dioses. Mediante el intercambio con los amigos que no sólo comparten nuestros puntos de vista y nuestras intenciones sino que también los pueden corregir o transformar nos acercamos, según él, a la vida que llevan los dioses olímpicos. Ellos, en la riqueza omnímoda de su ser, viven en la plenitud de un presente continuo e infinito. Los seres humanos, por el contrario, tenemos una existencia discontinua y fragmentada, ya que el sueño con el que diariamente reparamos nuestra fatiga nos separa cada día de nosotros mismos, interrumpiendo así regularmente la unidad de nuestra conciencia. El pasado que vive hundiéndose en el olvido nos abruma además de vacíos y cesuras. Los amigos, no obstante, velan mientras fatigados nos abandonamos al sueño, piensan por nosotros cuando no estamos presentes y subsanan además las lagunas de nuestro olvido: ellos nos hacen por fin completamente presentes. La suficiencia de los humanos resulta por tanto impensable sin la pertenencia de amigos. Comprendemos así la sentencia de Eurípides de que “conocer amigos, eso también es Dios” .

En la gratitud hay un mirar atrás y un recoger y reunir atisbos, gestos y actitudes de otros que siguen siendo vinculantes para uno. La gratitud es un fenómeno de excedencia que rebasa siempre el horizonte de expectativas dentro del cual se plantean las relaciones recíprocas como sistema de compensaciones. Acaso sea la esencia de la gratitud la misma que la del pensamiento ya que ambos van más allá de toda reciprocidad. Pensar es un diálogo con una tradición que siempre se renueva de atisbos filosóficos y poéticos de la cual no podemos prescindir para nuestra orientación los seres humanos siempre camino de formarnos. Por eso en la lengua alemana pensar y agradecer, Denken und Danken, son tan cercanos que se diferencian tan sólo en una vocal.

Editar el libro del amigo ha sido para mí proseguir con él un diálogo de decenios. Ponerme en su lugar. Con el rigor de él. Mario siempre ha mostrado que un amigo más que cómplice es una leal instancia crítica con la que se cuenta en todo momento. Aporté a lo que él pensó hace algún tiempo palabras de hoy para que su texto siga vivo y hable en situaciones nuevas. Pero la interpretación se desdibuja tras el texto, como tiene que ser. Me queda la gran satisfacción de haber contribuido a que en el segundo centenario de la muerte de Kant vea la luz pública en nuestro país la lectura que hizo Mario Laserna de la Crítica de la Razón Pura, publicación con la que la Rectoría de la Universidad de los Andes se asocia a la celebración de esa efemérides. Con lujo de merecimiento pues se trata de un documento singular del trabajo filosófico hecho por colombianos, como testimonio que es del empeño en que se cifra toda una vida extraordinaria, a cuyas disímiles e importantes actividades la lectura de esa Crítica ha servido por un largo trecho de bajo continuo.

Bogotá, 7 de octubre de 2004

El libro del Profesor Laserna sobre Kant 1 de 2

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